Inglés de España en el bos, bas

A ver, listos. ¿Cómo de mal está pronunciar Monday como /Móndei/? ¿Cómo de mal está pronunciar Sunday como /Sándei/? Si pensáis que ambas opciones están aceptablemente bien, también debéis aceptar que bus pueda pronunciarse tanto /bos/ como /bas/, porque los tres sonidos son el mismo en inglés: ʌ. También es el sonido de blood, que muchos alegremente pronunciaríamos como /blud/; y de love, que casi unánimamente pronunciamos /lov/.

ʌ es la vocal semiabierta posterior no redondeada, que, según la Wikipedia, suena así, y, efectivamente, se encuentra a medio camino entre nuestra /a/ y nuestra /o/.

Vocales en español (en rosa) en el diagrama de fonemas vocálicos. La ʌ está entre la a y la o.

Vocales en español (en rosa) en el diagrama de fonemas vocálicos. La está entre la a y la o.

Todo esto viene porque hoy yendo en el autobús una chavala española1 explicaba no se qué a unos chinos2 en inglés, y en algún momento dijo «the bus» pronunciado como un perfecto «de bos», que al instante corrigió como «de bas». Y me preguntaba por qué considera, por qué consideramos, que una es mejor que la otra.

Y como esa no es una pregunta con demasiado interés, pasé a otra: ¿por qué me rechinaba tanto su acentazo español?. Creo que damos mucha importancia al acento, a qué sonidos y entonación escupimos cuando hablamos la lengua de Dan Brown. No es como que el inglés tenga una fonética súper cohesionada. No creo que decir /bos/ en vez de /bas/ sea más correcto para una palabra que en Texas pronuncian /bʌs/ y en Bristol pronuncian /bɜs/ (ɜ es una «e-o» rara, como en «word»; en Juego de Tronos me llamó la atención cómo pronunciaba «us» Qhorin Mediamano) y a saber cómo pronuncian en Johannesburgo o en Karachi.

El lunes empiezo a trabajar en una empresa donde somos cuatro españoles en un equipo de diez donde hay portugueses, franceses, holandeses. Cada uno con su acento, más o menos pronunciado; pero de ninguno diría que habla mal. En cambio, si oigo a un español hablar inglés, me suena fatal, incluso cuando mete palabras en español perfectamente pronunciado («café con leche», sí) en vez de mal pronunciado como lo haría un guiri. Será algo rollo valle inexplicable, o que somos idiotas.

Disclaimer: no soy lingüista y todo lo que he puesto lo he sacado de la Wikipedia según he entendido yo con mis nulos conocimientos del tema. Agradezco correcciones.


1. Supongo que era española por su acento, y que era mujer por su aspecto y tono de voz que yo entiendo femeninos. Quizá caí presa de mis sesgos racistas y/o sexistas de hombre blanco macho occidental heterosexual y no es una cosa o la otra o las dos.
2. Supongo que eran chinos porque tenían lo que yo entiendo que es cara de chino y hablaban lo que yo más o menos detecto como un idioma chino. Quizá caí presa de mis sesgos racistas y/o sexistas de hombre blanco macho occidental heterosexual y no es una cosa o la otra o las dos.

Mi casa está llena de horquillas

Mi casa está llena de horquillas. Lo acabo de descubrir. De las de pelo femenino. Esperan en la mesita de noche una cabeza que sostener en su sitio, que no se mueva demasiado —uf—. Pero siempre se sueltan y siempre se pierden; son horquillas, y mi casa está llena de ellas. Las han traído las canicas, el frío, el bus, enero, trece. Un coche «chino». La suerte, supongo. Quizá las he traído un poco, bueno, yo. Ahora inundan mi casa. (En mi casa, además de estas horquillas, hay más horquillas escondidas, me parece recordar, en algún rincón perdido para siempre. Pero no hablamos de esas horquillas. Esas nunca —realmente— existieron, nunca vieron esta casa y no aferraron melena alguna a ella misma. Qué se puede esperar de lo que no se aferra a sí mismo.)

Mi casa es un pasillo por el que pasan raros los días-meses; 2013 trata de abrirse paso por sus puertas de papel, reflejarse en todos sus —muchos, demasiados— espejos. A veces se habla de Suzanne con un ukelele barato, y Mikel Laboa desde la pared establece la norma mínima vital que, como las horquillas —irónicamente—, mantiene todo desatado en su sitio. El caos reposa en una cama irremediablemente incómoda, ligera e inquieta. ¿Quién querría ser una cama? Nada parece querer ser lo que es en esta casa. Hay cortinas de anciana,  cuadros excéntricos, pájaros de mimbre y poca luz natural. Siempre un poco demasiado sucia, un poco demasiado sucios. No te bañarás dos veces en la misma ducha. El no ser no es, y en mi casa duerme mucho no-ser en fase REM. Las paredes son impactantemente impersonales, y cuelga una pizarra blanca pintarrajeada de Scheme incorrecto por alguno de nuestros raros planes que por qué no. Porque por qué no. Porque es más fácil que preguntarse —preguntarnos— por qué.

En mi casa las pequeñas fieras negras acechan tras cada recoveco, cada vez llegan más alto, más rápido, muerden más fuerte, más profundo, y cada vez se mueven menos y te quieren más. Hay un ratón que se ha mutilado las dos patitas de atrás, pero aquí no abandonamos a nadie por dos papelitos naranjas ni por nada. Antes que nos abandone el Mar de Ulises, está prohibido. Abandonar animales.

Mi casa es la antesala de toda-una-vida, y esas cosas. Es un juego de niños en serio. Está esperando a que alguien se digne a ser digno de ella. Como te cuadra a ti, Antonio, que tal casa te mereciste. A qué esperas, eres joven para ser tan anciano. Quién querrá volar primero, eta nik txoria nuen maite. Quién no tiene valor. Prohibidas las irreales de pasado. Mientras, cosas de animales.

Todo está mal y no podría gustarme más mi casa. Son preciosos los nuestros entre este alto, aaalto techo y estas estrechas, arropantes paredes que tienden trampas y ponen la zancadilla a las jinetes que tratan de atravesarlas. Mi casa ¡tiene sofá!, tiene posits y, no sé, es todo raro, (pero raro bien), siempre. Ojalá todo eso no.

Mi casa es mi casa y me la llenan de pantalones de flores. Y horquillas.

Tres minutos con Anatolio y medir a los mejores

Anatolio es el chaval que ha sacado una nota del copón en la selectividad de Madrid este año. Los medios están paseándoselo entre entrevistas, fotos bizarras, sonrisas y demás tristeza veraniega, azuzado todo por que al parecer el chaval sale a la palestra con esas estéticamente insultantes camisetas verdes pro escuela pública o algo así, y además no tiene pinta de frikazo sin amigos sino de simple gilipollas madrileño FoQ.

Aquí en egregia postura «Rap de Saber y Ganar».

Independientemente de la lástima que inspire tanta fiesta a un chico de diecisiete, dieciocho años por una puta nota en un examen estándar básicamente arbitrario… bueno, no, no independientemente. ¿Por qué prestamos tanta atención a una puta nota en un examen estándar básicamente arbitrario?

Para un socialdemócrata como estoy aprendiendo a ser yo, que adora la meritocracia no a lo yanki, como fin en sí mismo, sino como medio para generar producción óptima, para aprovecharse de aquellos que pican en el juego del ego y reinvertir el excedente de sus actividades en el conjunto de la sociedad (como también parece entender, aunque, apuesto, con la intensidad intelectual de un capítulo de Noche Hache, nuestro amigo Toli), es preocupante que no tengamos más mecanismos para detectar gente brillante y para incentivar la brillantez, que no aplaudamos creatividad, humildad, afán de superación. No creo que sea lo más óptimo dar tanto crédito a hacer bien unos exámenes que no salen del corralito institucional.

Pensaba en ello viendo ayer una serie (Six Feet Under). El high school de la chica tenía club de debate, periódico, club de lectura y no se qué historias más. El psicólogo le recriminaba que no participara más. ¿Cómo sería nuestra muchachada si les pusiéramos incentivos así desde pequeñitos?

«Mi calificación evidencia el buen nivel de la educación pública», dice. Es fácil replicar con el argumento circular de que es la misma educación pública la que le pone esa calificación; se ve que no le cayó Aristóteles en Filosofía ni estadística en Matemáticas. Porque yo quiero que midamos el nivel de la educación con datos imparciales y contrastados (spoiler: triste, pero no tanto), y que nos dejemos de palmaditas en la espalda, por no poner otro símil.

No conozco en nada a Anatolio y no estoy diciendo que su nota no sea impresionante para lo impresionante que puede llegar a ser una nota de PAU. Digo que necesitamos métricas de excelencia que podamos lucir internacionalmente sin sentir vergüenza.

Captura de pantalla del guión de práctica de una de mis asignaturas en Informática, UNED.

Dieta progresiva

No entiendo cómo no se me había ocurrido esto antes.

Siempre que he fracasado una dieta (ya van varias) la sucesión ha sido más o menos:

  1. El martes empiezo. (Suelo empezar las cosas los martes. No sé por qué alguien querría empezar nada un lunes. (Tampoco soy un ferviente odiador de lunes. Odio más los jueves. Sólo pienso que no debe empezarse nada nuevo un lunes.))
  2. Bueno, hoy martes no he seguido la dieta. Es que tal y es que cual. Pero va, no cuenta. Mañana empiezo ya perfectamente.
  3. Joder, hoy tampoco. Mira que es fácil seguir un menú, y voy y me salgo. Soy lo peor. Venga, mañana ya de verdad. A tope con la COPE.
  4. (Repetir desde 2 durante 0 < n < ∞ días más.)
  5. Soy un maldito animal descontrolado y repugnante. Ya está. En una semana o dos veremos si cambia algún chip en mí y doy menos asco.

El caso es que hoy martes iba a empezar una dieta porque 1. después de recuperar varios de los muchos kilos que perdí este invierno va haciendo falta y 2. planeo ir a la playa (ugh) dentro de poco, pero oye, sí, he fracasado. Lo primero que he hecho al llegar a casa ha sido hacerme un sándwich, y de ahí la vorágine «ya la he fastidiado, todo está perdido por hoy, así carpe diem» viene rodada. Pero entonces la luz brilló:

¿Por qué pretendemos empezar las dietas perfectamente desde el día uno?

Así que mi enfoque para esta dieta va a ser distinto: sencillamente, cada día hacerlo un poco mejor que el anterior. Mañana me volveré a hacer un maldito sándwich, pero luego no me comeré tres rodajas de salchichón sueltas. Pasado a lo mejor cambio el sándwich por una manzana… y me lo hago a la media hora. El esfuerzo en fuerza de voluntad es mínimo comparado con el enfoque anterior. Lo mismo tardo dos semanas en llegar a la perfección, pero marginalmente los resultados serán los mismos que si lo hubiera hecho bien desde el principio, sólo que mucho más fácil y con el hábito bien asentado.

Creo.

Hyarmen es «sur» en quenya

Voy a intentar, por tercera vez y tras dos intentos bastante fallidos, tener un blog. Así, a mitades de 2013, porque Twitter cada día es más aburrido.

He empezado con un post muy malo que se queda a medio camino de todos los estilos posibles. La leche, espero ir haciéndolo mejor. Para que leerme no sea un tostón, vaya. No tengo más ambición con este trasto esta vez.

Hale, léanme, muchachos.

La violencia y yo

No quiero morir sin tener cicatrices.

Yo, como Tyler Durden, nunca me he peleado. Soy de natural pacífico, echao patrás, tengo gafas, no tengo media hostia, esas cosas.

Es algo en lo que pienso a menudo, sobre todo mientras me pasean en el transporte público madrileño donde se extienden las sombras y la gente de bien afirma el pulso en sus bolsos y carteras con fuerza proporcional a la oscuridad de piel media en el vagón: ¿en qué situaciones un pánfilo como yo, que instintivamente rehúye del conflicto como de las lentejas, emplearía métodos violentos?

(«Violentos» no tiene que incluir liarse a cates desde el segundo cero. La violencia empieza en cuanto te expones a que el adversario la emplee contra ti, o sea, desde el momento en que te metes.)

Andén del metro, una vez, vi pasar una pareja de mediana edad y oí decir al macho de los dos algo así como «cállate, a ver si voy a tener que darte una torta». Tono calmo, paso normal, rictus inexpresivo en ambas caras. Un segundo después apenas podía pensar en otra cosa que empujar a ese gusano a las vías del tren y saltar luego a bailar sobre sus tripas desparramadas.

Una historia de violencia.

Este es un fotograma de Una historia de violencia, ¿sabes? No está muy mal.

En otra ocasión, en otro vagón de metro, un tipo, visiblemente chalado, sermoneaba a voces a la audiencia involuntaria no se qué rollos de que el gobierno experimentaba con él y, al final, que la culpa de todo la tenían las mujeres, que eran inferiores, que tenían una mentalidad egoísta y manipuladora, y así, cada vez más. Sonaba realmente terrorífico. En el vagón todos eran miradas furtivas al predicador y ojos fijos en los móviles, míos incluidos. Pero mi cabeza era un hervidero: «A ver, sería totalmente estúpido hacer nada. Sólo está hablando. No es una amenaza para nadie. Ahora, tío, si se le ocurre tocar o amenazar a cualquier tía de aquí, te levantas y lo echas del metro. ¿Crees que te ayudaría alguien? Da igual, lo echas. Hay seguratas por aquí. ¿Debería hacerlo ya? No, que no está haciendo nada, joder. Dejémosle hablar. ¿Qué hará este tío luego? ¿Habrá violado a alguien?» Mientras, me imaginaba distintos desarrollos de los acontecimientos, trataba de diseñar estrategia para una eventual pelea a puños junto a una vía de metro que en realidad sabía que jamás se produciría. Al final fue una mujer la que se puso a gritarle improperios con un par de huevos en cada ovario.

Una noche, algo tarde, un borracho en la acera de enfrente acosaba a una chica que esperaba sola al autobús. Nosotros éramos un grupito de yogurines de primero de carrera. Al principio, todos, miradas furtivas. Luego, algún murmuro: «mira aquel». Tampoco hacía nada grave; sólo hablaba con ella y se le pegaba a ratos. A cada uno de nosotros se nos hacía evidente que no podíamos fingir no estar dándonos cuenta, así que finalmente observábamos todos la escena, de reojo, en silencio. Vigilantes, supuestamente, por si iba a más. Al final, se fue.

Nunca se ha dado el caso, pero ¿qué debería hacer si un desconocido se metiera verbalmente con mi chica estando yo delante? Lo más sabio es ignorar el tema y ya está, ¿no se supone?

De momento no me he visto en ninguna oportunidad más directa de intervenir, tipo robos, gritos o hechos consumados en mi cara. Pero el día que ocurra, ¿qué haré? ¿Estaré dispuesto a meter mi integridad física entre la dignidad de una chica, la cartera de otros, mi propia cartera, y una subpersona que no merece ni estar viva? Si es así, ¿dónde tengo el límite de tolerancia?

Jo, hay demasiados combates contra el mal esperando ahí afuera para perderme morir en uno.