Heinrich XXX Hilda

El pequeño Heinrich echó agua, echó azúcar, echó sal. Echó pimienta y pimentón. Pensó un momento; tiró la mitad del mejunje y la reemplazó con zumo de manzana. Enroscó el tapón. Recortó un trozo de papel, lo pegó a la etiqueta de debajo asistido por una buena porción de la barra de pegamento, y alisó los grumos. Cogió el rotulador (¿rojo?, mmm, no, mejor negro) y escribió tres grandes letras negras: «XXX».

La pequeña Hilda se cambiaba de colegio pasado mañana, y Heinrich había urdido un plan.

Heinrich y Hilda se veían todas las mañanas en el colegio, y a veces por las tardes, en el parque, y luego, por las noches, cada uno dormía con la foto del otro bajo la almohada, secretamente recortada del anuario. Eran novios desde el 8 de mayo; o sea, que llevaban ya… (Heinrich se detuvo, contando con el dedo sobre el calendario de la cocina…) tres semanas y dos días. Heinrich la quería; Hilda lo abandonaba. ¿Cómo podía irse, si ella también lo quería a él, o eso decía? ¿Era mentira? «Es que mis padres me obligan.» Tenía que saberlo, así que preparó ese veneno. De mentira, claro. Pero Hilda no sabría que era de mentira.

El plan de Heinrich era perfecto. Al fin y al cabo, siempre sacaba las mejores o las segundas mejores notas de la clase.


Al día siguiente, a la hora del recreo, Heinrich llegó con Hilda a su banco, en su rincón.

—Mira —dijo Heinrich, sacando el bote del bolsillo del abrigo—. Es veneno.
—¿Veneno? ¿Cómo que veneno? ¿Veneno para qué? ¿Heinrich, qué haces con veneno, eh? ¡Eso es ilegal! ¡Te van a pillar! —respondió, de curiosa a excitada a preocupada a acusadora, Hilda. Hilda hablaba mucho, y muy rápido, y muchas veces no le dejaba hablar, y muchas veces decía lo que él quería decir después antes de que él lo dijese, y eso le enfadaba, pero era su novia de todos modos.
—Espérate. Hilda, he hecho este veneno para ti. Si me quieres, no querrás irte, y aunque tus padres te obliguen, no podrán obligarte si te tomas este veneno y te mueres antes.

Hilda, por una vez, no dijo nada. Se limitó a mirar del ominoso «XXX» a Heinrich y de su novio enloquecido al bote de veneno.

—Así me demostrarás que me quieres —aclaró él, un poco exasperado—. Y que no quieres vivir sin mí. ¿Lo entiendes?
—Ah…

Ella lo consideró lentamente. Asomó un puchero. Asomaron unas lágrimas en sus pequeños ojos.

—Vale. Lo voy a hacer, Heinrich. Pero un momento.

Pensó unos segundos en su perro, que era lo segundo que más quería en el mundo. Se sorbió los mocos.

—Vale, ya. Dámelo.

A Heinrich le vino un ataque de risa que no pudo contener, así que lo asfixió con un fingido ataque de tos.

—Perdón, ay, es que estoy malo. Toma.

De un golpe decidido, Hilda abrió el bote XXX y pegó un buen trago del brebaje.

—Puaj.

En menos de cinco segundos, Hilda se derrumbaba en el suelo, muerta.


El pequeño Heinrich arrastró metro y medio su cadáver y lo enterró junto al veneno en el foso de arena. Se sentó. Pasaron diez minutos, frío de sudor. Sonó la sirena. Se fue a clase. Se fue al parque. Se fue a casa.

Nadie volvería a ver a la pequeña Hilda. Nadie sabría jamás qué fue de ella.

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