Heinrich XXX Hilda

El pequeño Heinrich echó agua, echó azúcar, echó sal. Echó pimienta y pimentón. Pensó un momento; tiró la mitad del mejunje y la reemplazó con zumo de manzana. Enroscó el tapón. Recortó un trozo de papel, lo pegó a la etiqueta de debajo asistido por una buena porción de la barra de pegamento, y alisó los grumos. Cogió el rotulador (¿rojo?, mmm, no, mejor negro) y escribió tres grandes letras negras: «XXX».

La pequeña Hilda se cambiaba de colegio pasado mañana, y Heinrich había urdido un plan.

Heinrich y Hilda se veían todas las mañanas en el colegio, y a veces por las tardes, en el parque, y luego, por las noches, cada uno dormía con la foto del otro bajo la almohada, secretamente recortada del anuario. Eran novios desde el 8 de mayo; o sea, que llevaban ya… (Heinrich se detuvo, contando con el dedo sobre el calendario de la cocina…) tres semanas y dos días. Heinrich la quería; Hilda lo abandonaba. ¿Cómo podía irse, si ella también lo quería a él, o eso decía? ¿Era mentira? «Es que mis padres me obligan.» Tenía que saberlo, así que preparó ese veneno. De mentira, claro. Pero Hilda no sabría que era de mentira.

El plan de Heinrich era perfecto. Al fin y al cabo, siempre sacaba las mejores o las segundas mejores notas de la clase.

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Ecología I

Casa es lo único de lo que merece la pena escribir.

Casa ocurre; cuando te agazapas un rato en el sofá, y abres el ordenador, y salen estas palabras de tus brazos. Y tienes a tus animales cerca, dentro.

Lo demás no es nada.

Él se mira, y no ve ahí mucha cosa. Cuando piensa en fuera de casa se estremece y se empequeñece. Se autoconvence de que, quizá, sabe escribir; sabe que discurrir a la deriva, hacia la nada, es lo que lleva pasando por sus carnes desde que nunca llegó a materializar la idea de sí mismo. Se autoconvence entonces de que escribir es remar.

Él dejó el ordenador a un lado. Su repentina imaginación, en ese momento, tan tarde, no daba para mucho más; a pesar de que se había levantado, como su oficio y condición permitían (en el mal sentido de la palabra), a la hora de la comida, y no llevaba tanto despierto. Su inspiración sólo le había llegado a evocar ese vago «él», no sabía de dónde; quizá de él mismo, desdibujado, pero creía ver en él algo infinitamente triste, pero en dura tierra firme, en un búnker de plomo y mentiras. Lo rotundo de su vértigo le conmovía, sin apenas entenderlo.

Ella…

Eso ya no iba en el ordenador, sino en su cabeza.

Había «ella». Eso estaba claro. Porque él no concibía la casa sin ella. Eso estaba claro.

La había construido, piedra a piedra, hora a hora, alrededor de ella, para que no escapase. O quizá era ella (la casa) la que la acurrucaba a ella (ella), para que no se fuese. Quizá estaban hechas de la misma materia: la una a la otra.

¿Y él?, en medio, en el corazón, o al lado, acechando desde fuera; observando con un ojo creador y el otro crédulo.

Cosas así le asaltaban la cabeza sin tener ni la menor idea de cómo ponerlo en palabras. Así que ahí quedó el asunto, en esos puntos suspensivos. Realmente los veía ahí, suspendidos, aún en su cabeza, tras la palabra «Ella», perfilándose en píxeles cada vez más nítidos cuanto más pensaba en ellos. Blanco sobre negro. Incluso se permitió la frivolidad de imaginarse la barrita vertical del Word parpadeando al final, recriminatoria: «venga, múeveme ya de aquí», o «¿y tú qué miras?», o «la vida es una mierda».

En fin, él, al parecer, quería ser escritor. Quería verse escribiendo. Quería que le vieran. Eso era. ¡Quería vanidad! ¡Quería ganárselo! ¿El qué? ¡El derecho a quererse! ¡Quería escribir la puta mejor historia de todos los tiempos, y joder, hasta él mismo creérselo, hasta él mismo, sin convencerse, sin ayudarse, sin que cupiera la más mínima sospecha de autoindulgencia!

Ella rezongó un poco, en sueños ya. Mágicamente le colgaban todavía la camiseta y el sujetador de la muñeca, que asomaba un palmo fuera de la cama; rozaban el suelo. Él, a oscuras, miró distraído el móvil, dando una calada. Pero miró de reojo, a su lado, el reflejo (muy tenue) de la figura de ella, y al poco se le vino a la boca una mezcla enemiga de náuseas horripilantes y de ganas de tenerla despierta de nuevo. Pero apenas la conocía y él, en el fondo, era tímido, o eso se había hecho aprender. A Nayara. Con su tatuaje, Nayara, la más anónima de las mujeres. Y él no dejaba de pensar en ella; no en Nayara, en la de él; que quizá también dormía, pero no con él, sino en la habitación de ellos, en la cama medio vacía.

Ella dormía…

Nayara (¿o era Naiara?) le había hablado de Oriente Medio. Y de no-sé-qué de su máster. Le empezó a incomodar lo de pensar en ella sin saber ni cómo se escribe su nombre, así que, en un movimiento que le hizo crujir traidor un hueso que ni siquiera sabía que tenía ahí, le cogió su móvil. La idea de lo inmoral de aquella incursión le provocó una pereza titánica. Al darle al botón del costado el pequeño altavoz emitió un breve ploc que, en la oscuridad, resonó como un bombardeo. «Joder», pensó o murmuró, pero ella no se inmutó. Era de Yoigo. Tenía ahí una foto de un perro y otra muchacha. No adivinó el patrón de desbloqueo en tres o cuatro intentos, así que, de momento, «Nayara» se quedaba.

Él ya lo sabía todo de ella; especialmente la extensísima negrura de lo que no sabía aún, y el aún más profundo hueco de lo que no sabrían nunca.

Era guapa, y lo mismo eso bastaba, pero lo que le había hecho subirla a casa es que era la única chica joven que había conocido en los últimos tiempos que no era típicamente de izquierdas. A ver, sí, era de izquierdas, como lo era él, pero con un sentido del no fliparse en el que se vio reflejado. Liberal. Comprometida con su adultez. Había hablado de Israel, en el marco del manido «no hay pelis de buenos y malos en el mundo real»; pero en seguida entró (trastabillando) en el qué (para ella) era bueno y qué era malo, y eso le gustó.

Ella dormía sobre el sueño de las ideas.

Apagó el cigarro (sólo entonces cayó en la cuenta de cuánto tiempo hacía que no cumplía con ese cliché del cigarro, en particular), enchufó el móvil, se sorprendió a sí mismo con una caricia a la breve Nayara. Le dolió un poco; pero le pareció entonces que en realidad era él, en su cabeza, el que estaba doliendo, y se lo transmitía como por telepatía interna porque quería hablarle de ella, explicársela, para que borrara esa última frase vacía y la escribiera como él nunca podría: de su casa. Se dio la vuelta y no tardó en dormirse.

Él se va a dormir con ella; y no había nada más casa.