Mi casa está llena de horquillas

Mi casa está llena de horquillas. Lo acabo de descubrir. De las de pelo femenino. Esperan en la mesita de noche una cabeza que sostener en su sitio, que no se mueva demasiado —uf—. Pero siempre se sueltan y siempre se pierden; son horquillas, y mi casa está llena de ellas. Las han traído las canicas, el frío, el bus, enero, trece. Un coche «chino». La suerte, supongo. Quizá las he traído un poco, bueno, yo. Ahora inundan mi casa. (En mi casa, además de estas horquillas, hay más horquillas escondidas, me parece recordar, en algún rincón perdido para siempre. Pero no hablamos de esas horquillas. Esas nunca —realmente— existieron, nunca vieron esta casa y no aferraron melena alguna a ella misma. Qué se puede esperar de lo que no se aferra a sí mismo.)

Mi casa es un pasillo por el que pasan raros los días-meses; 2013 trata de abrirse paso por sus puertas de papel, reflejarse en todos sus —muchos, demasiados— espejos. A veces se habla de Suzanne con un ukelele barato, y Mikel Laboa desde la pared establece la norma mínima vital que, como las horquillas —irónicamente—, mantiene todo desatado en su sitio. El caos reposa en una cama irremediablemente incómoda, ligera e inquieta. ¿Quién querría ser una cama? Nada parece querer ser lo que es en esta casa. Hay cortinas de anciana,  cuadros excéntricos, pájaros de mimbre y poca luz natural. Siempre un poco demasiado sucia, un poco demasiado sucios. No te bañarás dos veces en la misma ducha. El no ser no es, y en mi casa duerme mucho no-ser en fase REM. Las paredes son impactantemente impersonales, y cuelga una pizarra blanca pintarrajeada de Scheme incorrecto por alguno de nuestros raros planes que por qué no. Porque por qué no. Porque es más fácil que preguntarse —preguntarnos— por qué.

En mi casa las pequeñas fieras negras acechan tras cada recoveco, cada vez llegan más alto, más rápido, muerden más fuerte, más profundo, y cada vez se mueven menos y te quieren más. Hay un ratón que se ha mutilado las dos patitas de atrás, pero aquí no abandonamos a nadie por dos papelitos naranjas ni por nada. Antes que nos abandone el Mar de Ulises, está prohibido. Abandonar animales.

Mi casa es la antesala de toda-una-vida, y esas cosas. Es un juego de niños en serio. Está esperando a que alguien se digne a ser digno de ella. Como te cuadra a ti, Antonio, que tal casa te mereciste. A qué esperas, eres joven para ser tan anciano. Quién querrá volar primero, eta nik txoria nuen maite. Quién no tiene valor. Prohibidas las irreales de pasado. Mientras, cosas de animales.

Todo está mal y no podría gustarme más mi casa. Son preciosos los nuestros entre este alto, aaalto techo y estas estrechas, arropantes paredes que tienden trampas y ponen la zancadilla a las jinetes que tratan de atravesarlas. Mi casa ¡tiene sofá!, tiene posits y, no sé, es todo raro, (pero raro bien), siempre. Ojalá todo eso no.

Mi casa es mi casa y me la llenan de pantalones de flores. Y horquillas.

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2 pensamientos en “Mi casa está llena de horquillas

  1. [Sigo] Sí, horquillas, como aquellos diminutos personaje de hollín que Ghibli nos quiso mostrar. Tiernas. Andarinas. Complacientes. Agradecidas. Qué carajo, familiares. Horquillas, que pocas cosas alegran más esta casa que ver dos cepillos en el vaso y esas tiritas no son mías, dejad que se queden aquí.

    Mi casa tiene una maceta con una estampita dentro, allí no llegan las horquillas, muy alto ese firmamento. Mi casa es algo ruidosa, hay dominicanos en adviento, no hacen nada, sólo ruido, te acostumbras con el tiempo. Esta casita se deja querer, por fuera tiene azulejos, esa horquilla se escapa, por favor no te vayas tan lejos.

  2. Horquillas, tienen su sitio, pero no tienen por qué estar en su sitio. Su sitio, al lado de las gomas del pelo, los pintauñas y otras cosas nuestras. Horquillas nuestras, libros nuestros, ollas nuestras, sofá nuestro, cama nuestra. Porque se entra por las horquillas, pero se queda uno por lo demás.

    Mi casa, no, nuestra casa es silenciosa y tranquila, un lugar en el que adecentarse tras la marea diaria que nos trae y nos lleva y nos deja oliendo a queso roñoso. Aquí se está juntos aunque se esté separados. Ya quedó atrás la casa que servía para acurrucarse y esperar a la mañana, eso no es una casa, es una madriguera. Esta casa es mi castillo, y es esta como puede ser aquella, o la de más allá. Dame una casa y la convertiré en nuestra casa. Sin prisa, sin pausa.

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