La violencia y yo

No quiero morir sin tener cicatrices.

Yo, como Tyler Durden, nunca me he peleado. Soy de natural pacífico, echao patrás, tengo gafas, no tengo media hostia, esas cosas.

Es algo en lo que pienso a menudo, sobre todo mientras me pasean en el transporte público madrileño donde se extienden las sombras y la gente de bien afirma el pulso en sus bolsos y carteras con fuerza proporcional a la oscuridad de piel media en el vagón: ¿en qué situaciones un pánfilo como yo, que instintivamente rehúye del conflicto como de las lentejas, emplearía métodos violentos?

(«Violentos» no tiene que incluir liarse a cates desde el segundo cero. La violencia empieza en cuanto te expones a que el adversario la emplee contra ti, o sea, desde el momento en que te metes.)

Andén del metro, una vez, vi pasar una pareja de mediana edad y oí decir al macho de los dos algo así como «cállate, a ver si voy a tener que darte una torta». Tono calmo, paso normal, rictus inexpresivo en ambas caras. Un segundo después apenas podía pensar en otra cosa que empujar a ese gusano a las vías del tren y saltar luego a bailar sobre sus tripas desparramadas.

Una historia de violencia.

Este es un fotograma de Una historia de violencia, ¿sabes? No está muy mal.

En otra ocasión, en otro vagón de metro, un tipo, visiblemente chalado, sermoneaba a voces a la audiencia involuntaria no se qué rollos de que el gobierno experimentaba con él y, al final, que la culpa de todo la tenían las mujeres, que eran inferiores, que tenían una mentalidad egoísta y manipuladora, y así, cada vez más. Sonaba realmente terrorífico. En el vagón todos eran miradas furtivas al predicador y ojos fijos en los móviles, míos incluidos. Pero mi cabeza era un hervidero: «A ver, sería totalmente estúpido hacer nada. Sólo está hablando. No es una amenaza para nadie. Ahora, tío, si se le ocurre tocar o amenazar a cualquier tía de aquí, te levantas y lo echas del metro. ¿Crees que te ayudaría alguien? Da igual, lo echas. Hay seguratas por aquí. ¿Debería hacerlo ya? No, que no está haciendo nada, joder. Dejémosle hablar. ¿Qué hará este tío luego? ¿Habrá violado a alguien?» Mientras, me imaginaba distintos desarrollos de los acontecimientos, trataba de diseñar estrategia para una eventual pelea a puños junto a una vía de metro que en realidad sabía que jamás se produciría. Al final fue una mujer la que se puso a gritarle improperios con un par de huevos en cada ovario.

Una noche, algo tarde, un borracho en la acera de enfrente acosaba a una chica que esperaba sola al autobús. Nosotros éramos un grupito de yogurines de primero de carrera. Al principio, todos, miradas furtivas. Luego, algún murmuro: «mira aquel». Tampoco hacía nada grave; sólo hablaba con ella y se le pegaba a ratos. A cada uno de nosotros se nos hacía evidente que no podíamos fingir no estar dándonos cuenta, así que finalmente observábamos todos la escena, de reojo, en silencio. Vigilantes, supuestamente, por si iba a más. Al final, se fue.

Nunca se ha dado el caso, pero ¿qué debería hacer si un desconocido se metiera verbalmente con mi chica estando yo delante? Lo más sabio es ignorar el tema y ya está, ¿no se supone?

De momento no me he visto en ninguna oportunidad más directa de intervenir, tipo robos, gritos o hechos consumados en mi cara. Pero el día que ocurra, ¿qué haré? ¿Estaré dispuesto a meter mi integridad física entre la dignidad de una chica, la cartera de otros, mi propia cartera, y una subpersona que no merece ni estar viva? Si es así, ¿dónde tengo el límite de tolerancia?

Jo, hay demasiados combates contra el mal esperando ahí afuera para perderme morir en uno.

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2 pensamientos en “La violencia y yo

  1. Pingback: Hyarmen es «sur» en quenya | Hyarmen

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